domingo, 23 de marzo de 2008

Ganas de...(incluso en ésta, nuestra hora solemne)


En la nariz de mi amado he visto una luz roja.
No es el reno Rudolph de Papa Noel,
y tampoco es una estúpida réplica.
Es la incandescencia de tu alma
que me pide a gritos que ayude a sofocar
su pésimo y angustioso dolor.

Padece de dolor, le duele padecer.
Su iluminada nariz roja me llama a estar con él
hasta su hora final y solemne.
Me dice que le recite el discurso de Churchill. ¡Cómo!
No sé leer, sólo sé sentirte cerca, sentir el amor
que me has dado en estos cortos años de tu existencia.

Ahora somos más viejos, más sabios, menos inocentes.
Tú y yo, ángel de amor del paraíso terrenal.
Cómeme como tú sabes comer,
bébeme como tú sabes beber,
regístrame como tu sabes hacer.
Agárrame donde puedas.
Sabrás que juntos lo podemos hacer mejor.
Sabrás hallar la otra luz que te llevará
al mismo paraje de anteayer, a mi etérea voz.

Suenan las campanas de la catedral de Nôtre Dame.
Oigo a Quasimodo berrear como el sólo sabe.
Oigo a Cenicientas perdidas entre caros perfumes.
Y veo a una Bella y una Bestia desilusionados por el porvenir.

Sólo me quedas tú, agraciado ser,
vidente de sorpresas y desgracias.
Me reconcome el alma saber que estás muriendo,
(si hubieses vivido más...)
Pero no es excusa alguna, yo te debí disfrutar más,
y no dejarte durante tanto tiempo en la estacada.
Amor, no te me pierdas entre las sombras
de esta sombría noche de julio...Lo siento.
Es lo único que se me ocurre
en ésta, nuestra hora solemne.

No me puedo estar de besar tus labios de cristal, tan bonitos, perfectos...
Eres mi vida y mi muerte,
yo te acompaño hasta donde me permitas tú.
No me puedo estar de acariciar tu dulce nariz roja,
que con tanto dolor aguantas, te quema...
Y no me puedo estar de comerte el ombligo
en ésta, nuestra hora solemne.